Entre lo que más me satisface de la polémica está la imprevisibilidad de sus derivas. Al escribir la semana pasada mi respuesta a Daniel Dessein, me inquietaba estar siendo injusto: que el reproche moral a Puccio por no haberse conmovido ante el ejemplo de Canessa fuera, acaso, una inferencia excesiva. Su réplica, sin embargo, disipó toda ambigüedad: el reproche era exactamente ese.

No lo comparto. Mi desacuerdo no es de matiz, sino de premisa. Dessein afirma que yo “sugerí” que aquel encuentro podía no bastar para conmover a Puccio. No lo sugerí; lo dije expresamente. Y lo sostengo.

Su argumento, además, descansa sobre un deslizamiento. Dessein escribe que “es difícil no conmoverse profundamente ante la presencia de esa figura legendaria”, y habla por experiencia propia y por la de muchísimos. No lo discuto: a mí también me conmueve. Pero conmoverse no es cambiar. No niego que ciertos encuentros puedan interpelar, impresionar o dejar una marca; lo que niego es que un ser humano cambie por simple exposición al ejemplo ajeno. Cambia, cuando cambia, porque algo en su conciencia (previo, íntimo, misterioso) está en condiciones de recibirlo. Y Puccio, hasta donde la historia permite ver, no estaba allí. Sostenerlo no atenúa en nada su responsabilidad: a Puccio no se lo juzga por una epifanía ausente, sino por lo que eligió hacer.

Lo que pongo en cuestión no es la dimensión épica de la historia de Canessa, sino el uso que Dessein hace de ella: convertir la presencia de un héroe de la supervivencia en vara retrospectiva para medir lo que un canalla habría debido dejar de ser. No es que Canessa sea el eje de esta polémica; pero, precisamente porque Dessein lo coloca en el centro de su paralelismo moral, resulta inevitable ponderar qué clase de fuerza transformadora le atribuye. Porque si, en su despliegue literario, el argumento consiste en suponer que cierta presencia excepcional debía operar sobre Puccio como una sacudida moral, entonces corresponde preguntarse por la consistencia de esa fuerza.

Gustoso acepto, desde luego, el juego literario que la propia polémica autoriza, hasta el punto de igualar la severidad de su reproche. Buscando figuras capaces de encarnar un llamado moral de semejante intensidad, el siglo XX ofrece otros nombres: la Madre Teresa, Gandhi, Mandela, Juan Pablo II. Sólo que ninguno de ellos estaba en el CASI aquella tarde evocada por Dessein. Quizás a esa mínima coyuntura se reduzca nuestro desacuerdo.

EDUARDO ROTHE

TUCUMÁN